Reseña de «En el centro de la Tierra»
por Carlos Santos Carretero
«Ya iba siendo hora, maldito hereje». Eso fue justo lo que me dije al empezar a leer El Proscrito de Torn, la primera obra de Edgar Rice Burroughs que cayó en mis manos y devoré ávidamente. Servidor, que gusta de vanagloriarse de disfrutar de vetustos escritores decimonónicos y de inicios del s. XX, aún no se había deleitado con la prosa del padre literario de Tarzán (y eso que lo he gozado muchísimo leyendo muchas de sus aventuras adaptadas al cómic).
Y os preguntaréis: «¿Y qué demonios tiene que ver esto con En el Centro de la Tierra?». Pues que precisamente la obra del proscrito de marras me dejó tan buen sabor de boca que, sin pensarlo dos veces, me agencié la conocida como «saga Pelúcidar» del tirón. A lo loco. Sin pensarlo dos veces. Con una pila de lectura que rebosa varias estanterías. Y menuda decisión más buena que ha sido, por Tutatis.
Para aquellos que, como yo en su día, os estéis preguntando sobre el argumento de una saga de siete novelas, el que escribe estas líneas os puede echar una mano. Al menos en lo que se refiere a la primera de ellas. En el Centro de la Tierra nos presenta al joven David Innes y al venerable profesor Abner Perry, quienes tienen la suerte (al menos para nosotros, los lectores) de utilizar un prototipo experimental para la minería que les conduce al… centro de la tierra (menuda sorpresa, ¿verdad?).
Allí se encontrarán con todo tipo de monstruos prehistóricos, tribus salvajes y un mundo tan maravilloso como mortífero, que no dará tregua alguna a ambos personajes, en especial a Innes, que pasará de estar perdido en una tierra a la que teme y desconoce a convertirse en uno de los más osados moradores que han hollado ese mundo perdido que se encuentra en el interior de la corteza terrestre.
Seguro que alguno de vosotros ya está arqueando una ceja y pensando: «esto a mí me suena a Julio Verne y a Conan Doyle». Y yo os diré: «pues no os falta razón alguna». Burroughs puede beber de la obra de ambos escritores, aunque conviene resaltar que ninguno de estos fueron los primeros escritores de por aquel entonces en desarrollar historias de aventuras en un continente perdido y monstruoso ambientado en el centro de la Tierra. Como bien comenta el ilustre Javier Jiménez Barco en la introducción, tenemos bien documentadas las obras de ficción ambientadas en temáticas similares desde mediados del s. XVIII. ¡Si hasta Poe tocó el tema de pasada!
¿Y qué es lo que diferencia a este En el Centro de la Tierra de sus hermanos literarios? Pues un ritmo endiablado que hace que esta obra se lea en un suspiro. En todo momento están ocurriendo cosas que no dan un segundo de tregua al lector, lo que hace que sus 185 páginas no duren nada y que el lector exija más a un Burroughs que domina la acción y la aventura como pocos. ¡Y más teniendo en cuenta que la novela termina con un cliffhanger de aúpa que nos hace ir a por la segunda parte como alma que lleva el diablo!
Queremos saber más de las tribus y monstruos que pueblan Pelúcidar, de las aventuras de David Innes, de los desvaríos pseudocientíficos del profesor Perry sobre la existencia de un mundo que no debería existir, de la bella y aguerrida Dian… En definitiva, queremos más aventura «made in Burroughs», o por lo menos eso es lo que quiere un lector que, hoy, es un poco menos hereje que ayer.
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